jueves, 2 de enero de 2014

Una potrilla llamada Princesa

Hace 9 años había una potrita que se llama Princesa, esta pequeñaja inocente vivía feliz en su manada rodeada de los suyos, los cuales la aceptaban y la querían tal y como ella era. Princesa tenía muchos amigos con los cuales salía a galopar, saltar y sobre todo a pastar, porque a ella le encantaba pastar.

Un día Princesa se alejó un poco de los suyos para ir a explorar lo que había más allá del prado en el que estaba acostumbrada a vivir y descubrió algo que la llamó muchísimo la atención, había una manada enorme al otro lado de la montaña, estaba muy cerca de la suya pero muy lejos ya que estos parecían grandes caballos de competición.

Princesa volvió a su manada cabizbaja y esa noche, mientras todos los demás descansaban ella estuvo pensando acerca de lo que había visto esa tarde.
A los ojos de nuestra Princesita aquellos eran los caballos ‘perfectos’. Yeguas perfectamente esculpidas, sementales musculados, sus crines lucían estupendas y sedosas, sus movimientos eran rítmicos, equilibrados. Eran hermosos. Vivían de una forma que ella envidiaba, todos estaban alrededor suyo, les admiraban, les aclamaban, les cuidaban, les amaban.

Princesa empezó a sentirse muy mal, y decidió ir por su propio pie a una cuadra que estaba más cerca de lo que ella pensaba y que se llamaba TCA ‘Todos los Caballos son Admitidos’. En esta cuadra ofrecían una solución rápida y aparentemente sencilla a los problemas de Princesa, pero nuestra potrilla firmó el contrato de entrada demasiado pronto, sin ni siquiera leérselo.

Progresivamente a Princesa la fueron quitando cada vez más y más forraje ya que para ser una gran yegua de competición tenía que perder algo de peso, pero la cantidad se les fue de las manos sin que la potrilla se diese cuenta. Además tenían entrenamientos muy duros, para los cuales no estaban preparados, muchas veces al día, a cualquier hora, sobre todo después de las escasas comidas que les daban. Esto hizo que físicamente empezasen a sufrir problemas. Además en esta cuadra no la dejaban salir a ver a su manada y poco a poco los fue perdiendo sin que ellos supiesen dónde estaba.

Fueron pasando los años y la potrita que se había metido en esta cuadra queriendo ser una yegua destacada, admirada, distinguida e importante fue encerrándose y poco a poco todo se fue tornando oscuro, ya no la dejaban ver el campo, esa felicidad que sentía corriendo con sus compañeros desapareció, ahora pasaba el día en el box, tumbada, sin fuerzas para entrenar y sin ganas de hacer o pensar nada.



Fueron años y años viviendo allí. Fueron años en los que la pequeña Princesa fue madurando y haciéndose ella misma de forma paralela a todos los potros de su edad. Fueron años en los que a Princesa le costaba encontrarse a sí misma, solo encontraba en ella un deseo implacable por ser parecida a esas yeguas ‘perfectas’ que había visto aquella vez, pero en su afán por alcanzar esta meta se estaba destrozando. Fueron años en los que Princesa solo encontraba en ella misma las ideas de aquella cuadra donde se había metido. Entonces, un buen día, decidió sacar aquel contrato y leerlo bien. En este ponía que una vez que te metías no podías salir de allí, ellos iban a ponerte a prueba, a someterte a todo aquello que ellos querían, pero también ponía una larga, larga lista de efectos secundarios que podías encontrarte si entrabas. Todos ellos negativos. Princesa dio un brinco al ver que la mayor parte de esa lista se reflejaba ya en ella, por primera vez desde hace mucho tiempo abrió los ojos. Paso días, meses dando vueltas sin parar en el box, pensando que podía hacer para salir de allí, pues no iba a permitir que nadie jugase con su vida ni ‘tomase las riendas’ de ella, iba a demostrar al mundo y a su manada que ella YA era una yegua y que además era una yegua distinguida pero no por sus músculos ni sus facultades en ninguna disciplina sino por su fortaleza psicológica.

Un día ya desesperada enfureció y lanzo una fuerte coz contra la puerta que la estaba reteniendo, haciendo un pequeño boquete en ella, por el cual entró un rayo de luz, hacía años que no la veía y eso la dio fuerzas para continuar, fueron meses y meses de esfuerzos y de patadas a esa barrera que la separaba del campo que tanto adoraba, de esos ricos pastos y de esa manada que tanto la quería. En cuanto el boquete fue lo suficientemente grande como para salir, nuestra Princesita ahora convertida en una yegua madura salió galopando fuerte de allí, al salir la puerta le hizo un gran corte, pero dio igual ella corrió al encuentro de su manada, de su vida. Volvía a ser ella.

Princesa estuvo muchos meses dando vueltas por el campo, al principio todo era muy duro en el exterior, la herida que se había hecho al salir le dolía muchísimo y no podía dejar que se infectase, estaba desorientada y tenía que tener cuidado con lo que comía pues su estomago se había quedado muy débil, además todo esto le recordaba continuamente lo que le había sucedido. Pero ella siguió incansable en busca de lo que solía ser.

Un día Princesa se encontró un amigo por el camino, era pequeño y estaba solo, era un cachorrito de gato, se paró a ayudarle y a partir de ahí el pequeño gatito la siguió a todas partes así que decidió ponerle nombre, le llamo Trece. Trece ayudó a Princesa en su largo camino, le dio ánimo y fuerzas, esperanza en los momentos en los que ella la perdía. Poco a poco la herida fue cicatrizando y Princesita fue cogiendo peso.
Un buen día Princesa y Trece se toparon con una montaña que le resultó familiar a nuestra yegua. Princesa sintió un escalofrío al darse cuenta de que había estado allí antes, se acordó de que tras esa montaña estaba esa cuadra tan destacada donde estaban todos aquellos caballos tan perfectos que la habían hecho meterse en la cuadra TCA. Se armo de valor y con Trece encima emprendió de nuevo la marcha. Si quería llegar al otro lado y recuperar su vida tenía que cruzar aquella manada, algo que la aterraba. Se introdujo entre los caballos para descubrir, para su sorpresa, que no eran tan distintos a ella, YA NO, ahora ella era una yegua fuerte, y no era tan distinta al resto de la manada.

Cuando terminó de cruzar tenía unas fuerzas sobrenaturales que le hicieron salir a galopar de forma frenética y alocada. Estaba alegre. Por fin su manada se diviso a lo lejos, lo que la hizo acelerar más y más, daba saltos de alegría, relinchaba, los llamaba. Trece difícilmente se sujetaba encima pero continuó con ella todo el camino. En la manada todos la recibieron felices.

De ahí en adelante su manada fue su mayor apoyo y el caballo que ahora galopaba a su lado su amuleto.
La cicatriz siempre estaría allí pero ahora Princesa veía las cosas mucho más claras que antes, con más luz, más bonitas. Adoraba cada brote de hierba que ingería, cada trago de agua que daba, cada rayo de sol que salía, cada galope que daba, cada momento que pasaba con su manada y con su pequeño Trece. Se sentía muy feliz por lo que tenía y llegó a sentirse afortunada por lo que era, tanto que quería relinchar a los cuatro vientos la cuadra en la que había estado y cómo salió de ella, pero era mucho mejor disfrutar cada momento de felicidad y naturaleza, cada amanecer con los suyos y dar gracias de lo que pasó pues de otra forma no hubiera aprendido a ver las cosas como las ve ahora.

Ahora con casi 21 puedo decir que estas maravillosas criaturas han sido las que me han ayudado a recuperar la confianza en mí misma y el amor a la vida. Gracias a mi pequeña Princesa y a Trecino. Imprescindible la ayuda y el apoyo de mi familia, amigos y de ÉL.

Este fue mi camino, el que me ayudo a dejar a atrás esta pesadilla de la que SE PUEDE SALIR, con esfuerzo. Pero no es la única forma, todo se basa en ‘situarse en el centro de una plaza e ir probando calles, si una no te sirve vuelve atrás y prueba la siguiente, una te lleva a la salida, seguro’.
Para finalizar mi historia quiero plasmar una frase que me dijeron hace poco y que me encantó y refleja muy bien la idea que he querido transmitir con esta historia:

‘El hombre llega a conectar con su interior a través de cinco cosas: los niños, los animales, la naturaleza, el amor y la música’.

FELIZ 2014

Fdo.

M. Aguado

jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuando me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.
Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.
Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.
Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.
Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.
Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!
No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.
Charles Chaplin

viernes, 20 de diciembre de 2013

El regreso de las heroínas

Si hay algo que me molesta, y mucho, es toda la sarta de personajes famosos que anuncian su victoria sobre la anorexia. 








No es que piense que la enfermedad no se puede vencer, no es eso. Hay un mensaje que debe prevalecer por encima de todo: de la anorexia se sale. 

Lo que me enerva y me provoca una punzada persistente justo en el centro del estómago es cómo lo cuentan y, sobre todo, el desenlace final de sus historias. 

Estoy convencida de que ninguna de ellas ha leído "El héroe de las mil caras" de Joseph Campbell. Si lo hicieran, se darían cuenta de que su relato sigue exactamente los mismos pasos que el autor marca para las historias de ficción. Resumo los 12 estados por lo que, según Campbell, pasa el héroe:



1) Mundo ordinario: es la vida cotidiana del héroe antes de que empiece la aventura.

2) La llamada de la aventura: presentación del problema o desafío

3) Reticencia del héroe o rechazo de la llamada: el héroe se resiste a enfrentarse a ello.

4) Encuentro con el mentor o ayuda sobrenatural: alguien le instruye y le ayuda. 

5) Cruce del primer umbral: abandono del mundo ordinario y entrada en el universo mágico.

6) Pruebas, aliados y enemigos: diferentes pruebas en las que tendrá enemigos y aliados.

7) Acercamiento: éxito en las pruebas. 

8) Prueba difícil o traumática: es el enfrentamiento más difícil, normalmente a vida o muerte

9) Recompensa: al salir victorioso de la muerte, gana una recompensa. 

10) El camino de vuelta: regreso al mundo ordinario

11) Resurrección del héroe: debe aplicar lo aprendido en una nueva prueba

12) Regreso con el elixir: vuelve al mundo ordinario y usa el elixir (la recompensa) para ayudar a los otros.



Apliquémoslo a  un caso de "relato de resurrección": una chica cree que tiene que adelgazar porque así tendrá más éxito con los chicos. Su mundo es aburrido, la cotidianeidad le exaspera. Comienza a dejar de comer, pero hay momentos en los que no puede más y abandona la dieta que se ha autoimpuesto. Es entonces cuando conoce a una amiga que le enseña ciertos trucos y la inicia en la anorexia. Poco a poco se va desligando de sí misma. Su sentimiento de despersonalización crece. En ese mundo irreal tiene que hacer frente a los comentarios e intentos de que vuelva al mundo ordinario por parte de sus familiares (sus nuevos enemigos). Tras años así, finalmente tienen que ingresarla y es allí donde se da cuenta de que su vida merece la pena y de que tiene que luchar contra la enfermedad. Entonces comienza el camino de vuelta al mundo ordinario: empezar a comer para que las distorsiones cognitivas se espacien y puedan desaparecer finalmente. En ese camino de regreso habrá recaídas que lejos de vencerla, le harán mucho más fuerte. Una vez curada, se dedicará a ayudar a los demás y a divulgar su historia en los medios de comunicación. 

Una bonita historia, ¿verdad? ¿Qué es entonces lo que me enerva? Que esas mujeres siguen estando extremadamente delgadas. Que son mujeres de éxito. Que muchas son modelos, una profesión en la que precisamente no se valora la naturalidad ni el "elixir" con el que nos sermonean las heroínas una vez han vuelto. Y, sobre todo, que no cuentan la verdad. Parece que un buen día entraron en la enfermedad y al día siguiente salieron, victoriosas, con éxito, bellísimas, de ella. 


La vida real tiene un desenlace distinto al de la ficción. Aun en los casos en los que se regresa, el encuentro cara a cara con el infierno jamás deja a la persona igual. En la resurrección siempre se pierde una parte de uno mismo y el camino de regreso es largo, muy largo. El infierno te deja un sabor de boca amargo que en los mejores días apenas se nota, pero que en los malos te baja por la garganta y el esófago hasta llegar al centro del estómago y te punza para recordarte que una vez estuviste allí.Que tú misma decidiste bajar y que incluso disfrutaste del calor durante un tiempo.

Hay un mensaje que, como he dicho, debe priorizarse: de la anorexia se sale. 

Y una verdad rotunda, apriorística, sin matices, contundente, como un parterre en la hierba recién cortada: el infierno, ni pisarlo. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Pensamientos distorsionados

Gloria era una chica de estatura normal, pongamos por ejemplo, que medía 1,65 metros. Con una complexión mediana, su peso nunca había sido mayor de 53 kilos.

Según recomienda la Organización Mundial de la Salud en sus tablas, con esta estatura el peso ideal de Gloria debería oscilar entre los 56 y los 63 kilos, así que podemos decir que esta chica estaba incluso un poco por debajo de lo que se consideraría óptimo, pero nada alarmante, porque Gloría comía bien, de todo, y en cantidades normales. Nunca se había visto gorda, de hecho, entre sus círculos sociales se caracterizaba por ser el pibón por el que todos los chicos babeaban.



Entonces ¿cómo le dio a Gloria por ponerse a adelgazar? Pues la razón es un poco incierta, pero parece que el origen de que empezara a fijarse en el tamaño de sus brazos, y luego en el tamaño de su culo, y después en el tamaño de todas las demás partes de su cuerpo se encuentra en el momento en el que se produce la muerte de su hermano.

Su hermano y ella siempre habían estado muy unidos y su pérdida supuso un fuerte golpe para Gloria. También para el resto de su familia, como es evidente, pero el dolor de Gloria parecía estar a otro nivel. Era tan intenso, pero tan intenso que se le quitaron las ganas de comer. Estaba tan triste que se le olvidaba y cuando se le venía a la cabeza que tenía que alimentarse, el nudo de su estómago apenas le permitía probar bocado.  Al principio era, pues, simple inapetencia, fruto de la depresión por un suceso tan traumático, pero pronto se convirtió en adicción. ¿Cuándo? Cuando de repente se dio cuenta, por los continuos comentarios de la gente –Jo, Gloria, qué delgada te veo y qué mala cara tienes últimamente, etc-  de que había adelgazado.

Pero era extraño, porque ella tampoco había buscado perder peso. Y ni siquiera se había fijado en que estaba más delgada. Si no llega a ser por los demás, ni se da cuenta. Al final, la gente se puso tan pesada que decidió pesarse en la báscula para comprobarlo. ¡Qué sorpresa! ¡Pero si había perdido casi cinco kilos desde hacía dos meses! Pues vaya, de verdad que ella no se lo notaba. Seguía viéndose igual…
Sin embargo, y ahora sí, empezó a tener especial cuidado, a controlar, lo que introducía en su cuerpo, no fuera a ser, -¡por Dios!- que cogiese un gramo de los que había perdido, que ya que los había perdido, pues oye, por qué ganarlos otra vez…

Y así empezó su anorexia… La palabra control es el contexto ideal en el que comienza el descontrol. Gloria bajó muchos kilos más, por debajo, incluso, de la barrera de los 40, pero siguió sin ver en su cuerpo la diferencia entre pesar 53 y pesar 43.  No es que se viera inmensamente gorda, vamos a ver, pero lo cierto es que pensaba que un poco de algunas zonas sí que le sobraba… y que estaría mucho mejor con algo menos de peso. ¡Y la gente de su alrededor pidiéndole que subiera a su peso, a los 53 kilos de nuevo! No, no y no. Seguro que la subida sí que la notaba y no precisamente para bien, no podría soportarlo, no podía ser. De ninguna manera.

Así, el cuerpo, el peso y la delgadez – que no habían tenido mayor importancia hasta el momento- se convirtieron en el tema central de la vida de Gloria. En un refugio en el que esconderse del resto del mundo, en una excusa para no hacer frente a los demás problemas. ¡Qué miedo vivir sin eso después de tanto tiempo “resguardada” en la comodidad de ese mundo! 

jueves, 5 de diciembre de 2013

El maltrato sutil

Para finalizar la semana, aquí os dejamos un vídeo que cuenta una verdad tan grande como un templo. Os deseamos un feliz puente a tod@s.

"No olvides nunca que la verdadera belleza es una actitud y que eres increíblemente preciosa cuando eres AUTÉNTICA".



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una historia llena... de vacío


Laura se sentía vacía. Tan vacía como su historia... 

Siempre se acostaba escuchando el susurro de las hojas ya maduras que caían de los árboles, alentadas por el viento en aquellas noches de otoño, que tan largas se le hacían. Ella creía percibir que los árboles se quedaban vacíos en invierno al igual que lo estaba ella, y muchas veces les daba las gracias a aquellos troncos, vestidos únicamente con sus ramas, porque pensaba que lo hacían por acompañarla en su tristeza. Pero en primavera las hojas y las flores renacían y ella lloraba porque no sentía que dentro de ella renaciese ella misma de nuevo.

Ese era su vacío. El vacío que hacía que nunca lograse comprender por qué los demás podían vivir y disfrutar haciéndolo, cómo la gente era feliz simplemente intercambiándose un regalo, cómo yo me sentía bien leyendo un periódico sentada en la cocina mientras hacía el café de la tarde, con esas cuatro cucharadas de azúcar que a mí me endulzaban la vida. Ella me miraba, pero en realidad no me veía, siempre se empeñaba en tomarlo amargo. Como su existencia.

Vacío


Laura pensaba muchas veces pensaba que los raros eran los demás, solo para sentirse algo mejor, en realidad sabía que no era así. Éstos seguían siendo sentimientos de dolor. Creía que tenerlos era un cosa de lo más normal, otra opción le parecía imposible. Aquella cosa que habitaba en su cabeza le hacía sentir que no merecía la pena esforzarse por tratar de estar bien, por intentar integrarse, por sonreír o por salir, porque si lo intentaba, lo que estaba haciendo es forzar al vacío, el cual luego le castigaría creciendo aún más por no haber sido sincera consigo misma ni con los demás. No era la primera vez que le pasaba.

Por eso cada día le resultaba más difícil relacionarse con los demás, incluso con su familia. Con los que habíamos sido sus amigos. Conmigo misma. Parece como si el hecho de contar algo de esta destructiva relación con el vacío fuese a ser el detonante de la III Guerra Mundial. Estaba aterrorizada, tenía mucho miedo, al que dirán, al sufrimiento de la gente, a sufrir más de lo que ya sufría, ¿que pasaría con ella si decía algo? 

En el fondo no era muy consciente de que se había acomodado a esa situación, que se había resignado sin remedio a una vida gris, llena de piedras invisibles pero consistentes. Se había acostumbrado a ver sus ojeras en el espejo, a la pálida tez que cubría su rostro, a sus enormes ojos grises que gritaban en silencio pidiendo la libertad. Con el paso del tiempo, sus días acabaron definiéndose con palabras parecidas (aproximadamente) a la inquietud, el desasosiego, la ansiedad; todo esto combinado a la vez con la apatía, la inapetencia, la tristeza.

Durante mucho tiempo Laura no supo cómo reaccionar. De modo que pensó que quizá esto es lo que Vida tenía preparado para ella, así que se conformaba mientras envidiaba a los chicos de su edad, aquéllos que sí eran capaces de reír y divertirse, de confiar los unos en los otros. De sonreír sinceramente. Cada vez que lo pensaba, bajaba la mirada y una lágrima se precipitaba al vacío (valga la redundancia) desde sus ojos, creyendo que no podría hacer nada por cambiarlo.

Sin embargo, un día, a pesar de que se sentía muy débil y confusa, tomó una decisión: trató de rebelarse contra sí misma, creyendo que así acabaría con su pesadilla, que había ido creciendo tanto con el paso de los años, que en ese momento era tan grande, que hoy siguen faltando las palabras para decir que es más grande que grande. ¿Enorme? Más que enorme... Laura, se propuso intentar cambiar, quería volver al mundo, pero tras tantos años de auto- abandono, no se dio cuenta de que a veces querer no es un sinónimo de poder. Es cierto que si ella quería, podía (de hecho finalmente pudo) porque no hay nada más fuerte para conseguir algo que la voluntad,  pero a veces la gente utiliza mal el verbo “querer”, lo dice, pero se refiriere a “desear sentirse y estar bien, tener lo mejor, pero sin mover un solo dedo para conseguirlo”. Esa es la cultura del esfuerzo que nos enseñan frecuentemente en la actualidad. Tras llevarse un palo enorme y seguir no igual, si no peor, Laura se sintió abatida y pensó que a partir de ahora, lo que le quedase de vida, querría dedicarla a autodestruirse del todo.

Pero en algunas ocasiones parecía reflejarse en sus pupilas una luz intermitente con su rostro esperanzado...  yo sé que seguía ahí. Si aprendió alguna vez a vivir, lo había olvidado hace mucho tiempo y ya era hora de que lo hiciera de nuevo. Porque aún no era tarde. Porque aún estaba a tiempo. Así que a pesar de sentirse muy inútil y tonta dedició continuar. Se dio cuenta de que, aunque ella creía que había luchado con todas sus fuerzas, en realidad ese esfuerzo no había sido suficiente. Había que intentarlo con mucho más ahínco.

Empezó a desconfiar de sí misma (sí, el prefijo des- está bien puesto, lo pongo porque no tenía muy claro, cuando le hablaba el vacío, o cuando estaba razonando ella misma) empezó a dejar de escuchar los pensamientos enfermizos de su cabeza y a fiarse plenamente de lo que la gente que le rodeaba y de la que tanto había huido, le decía con toda su buena intención. Poco a poco empezó a estar en más ocasiones dentro de sí misma, hasta que llegó un momento, en que volvió del todo y dentro de Laura solo estaba ella. A mí, su evolución me recuerda al renacer de un ave Fénix. Cuando se lo dije, se fue corriendo, conmigo a rastras, a la tienda de tattoos que había al final de la calle de mi casa. Le queda precioso tatuado en su tobillo.

A día de hoy, Laura sigue teniendo miedo a volver a sentir lo mismo, pero yo siempre le digo que siempre y cuando trate de ‘autoestimarse’, esté donde quiera que esté, porque yo sé que está, y sigue siendo ella, en estado puro,  no tendrá de qué preocuparse. Pero si no se quiere ni se respeta, jamás podrá querer y respetar a los demás y entonces sí que podrá volver a sentirse vacía, a tener ese pensamiento constante, de "nada vale nada, ni mi vida, ni mi futuro, ni mi familia, ni nada, porque por dentro estoy hueca, y tengo un corazón de paja que no late como todos los demás"

- Si no tienes esto en cuenta, Laura -le digo- entonces la nada y el vacío volverán.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La anorexia como refugio

“Si tan mal lo pasa enferma, ¿por qué no hace todo lo posible para curarse?”
“¿Por qué no piensa en nosotros?”
“¿Por qué sólo se preocupa por su tripa?”

LA ANOREXIA COMO REFUGIO


Las respuestas a estas preguntas que tantas veces me han hecho no son del todo sencillas.
Sí, es una enfermedad, pero una enfermedad compleja, querer curarse es necesario pero no suficiente. El trastorno de alimentación se convierte en un escudo ante el mundo.

Ahí nadie ni nada te pueden hacer daño. Los sentimientos quedan escondidos, la valía personal no se pone en entredicho, las críticas irán dirigidas a tu físico, aunque no estén de acuerdo contigo dará igual, es tu rutina, tu vida en la que nadie puede entrar y por lo tanto nadie te puede lastimar.

Todo por no atreverte a vivir tal y como eres, porque en algún momento te hicieron mucho daño y no pudiste reaccionar o porque no entendías el mundo o no sabías por dónde ir. Pero detrás de cada ayuno, de cada vómito o de tantas y tantas barbaridades estás tú. Solo tienes que atreverte a ser y entonces la vida dejará de ser tan cruel.