sábado, 15 de junio de 2019

Gritos de silencio

Hoy os dejamos el testimonio de B.S. Un testimonio que nos habla de la lucha diaria contra la enfermedad y de la importancia de pedir ayuda. 

GRITOS DE SILENCIO
Recuerdo un sueño que he tenido en varias ocasiones. Estoy segura de que a alguno de los que leáis esto os ha invadido alguna noche el mismo sueño...
Es una situación extraña, un sueño oscuro, sin muchos colores. Y estás asustada. Sabes que estás en peligro aunque no sepas muy bien por qué. Hay algo o alguien. O quizás sólo tú, pero necesitas ayuda. Lo sabes, lo sientes. ¡Y entonces gritas! Pero no te sale la voz. Y lo vuelves a intentar. Y apenas se escucha un hilillo de ruido que casi ni tú puedes percibir. La angustia crece, el peligro cada vez te tiene más acorralada y tus gritos se quedan en la nada. Y justo cuando sientes que tu final ha llegado, ¡te despiertas! Empapada en sudor, con la respiración acelerada, sentada en la cama, asustada aún. Yo, incluso, a veces llorando.
La buena noticia es que SÓLO es un sueño y, por tanto, siempre acabas despertando. Y tu vida sigue adelante, fuera de peligro. 


El problema surge cuando, estando despierta, la angustia y el peligro te acechan de verdad, y tú, consciente de ello, emites “gritos de silencio”...

...grito porque “no puedo más”, pero en silencio porque “debo aguantar un poquito más”.

...grito porque “estoy agotada”, pero en silencio porque “asumo que es el precio a pagar”.

...grito porque “mi cuerpo necesita comer”, pero en silencio porque “mi cabeza se niega a tal necesidad y desea la delgadez”.

...grito porque “no quiero vomitar”, pero en silencio porque “si no lo hago, no voy a llegar a ese peso que nunca tiene final”.

...grito porque “no tengo fuerzas para hacer más ejercicio”, pero en silencio porque “yo soy fuerte, y me niego a la debilidad”.

...grito porque “necesito que me abracen y mimen”, pero en silencio porque “yo sola puedo”.


...grito porque “me invade la soledad”, pero en silencio porque “si se acercan descubrirán lo mal que realmente puedo estar”.

...grito porque “lloro sin consuelo”, pero en silencio porque “ellos no esperan ni merecen eso de mí”.

...grito porque “me secuestra la tristeza”, pero en silencio porque “la sonrisa es lo único que deben ver de mí”.

...grito porque “me siento morir”, pero en silencio porque “se obsesionarán con quererme salvar”.

...grito desesperada pidiendo “AYUDA”, pero en silencio, desde la mirada, sin pronunciar palabra, porque “me niego a que me llamen enferma y menos a lo que conlleva dejarme ayudar”.

...grito porque “no puedo gritar”, pero, gracias a Dios (para mi es Dios, quizás para ti sea la suerte o el destino) Él ha sabido poner en mi camino a esa persona. O en mi caso, a esas dos o tres personas que tienen el “DON” de escuchar el silencio, de entenderlo, y el valor de salir a mi encuentro. Y digo “VALOR” porque se enfrentan a mis “patadas mentales”, patadas que pueden dañar, doler, y sobre todo que buscan alejar.  Alejar a quien me quiere ayudar. Porque me niego a reconocer mi error, me niego a no tener razón y estar equivocada, me niego a perder “mi control” y dejar de sentirme “poderosa” con cada gramo menos de peso, con cada comida que no hago, con cada caloría que no meto en mi cuerpo...

...gran paradigma: “QUIERO QUE SE ALEJEN, SOÑANDO QUE ME PUEDAN AYUDAR”.

Y, aun así, aun con mis patadas y aun con cada negación, tengo la gran suerte de que no se fueron, de que siguen hoy aquí, a mi lado, escuchando mi silencio, dando voz a mis gritos. Y, lo que es más importante, enseñándome a empezar a pronunciar, alzando con cada paso más mi voz, para hacerme oír ante el mundo que seguiré luchando por “MI VIDA”.

martes, 11 de junio de 2019

El estigma de la enfermedad

He estado dándole muchas vueltas a qué escribir después de tanto tiempo, cuando apenas me reconozco en algunas de las entradas que escribí hace seis años.

¿Qué es lo que he aprendido? ¿Qué es lo más importante de este proceso? ¿Qué sigue siendo importante?


© R.J. 

Y creo que he dado con ello. Durante los años en los que estuve enferma siempre pensé que los otros (la gente normal los llamaba) vivían en una especie de burbuja que los aislaba de los problemas. Que todo lo que yo hiciera estaría bajo la sospecha de la enfermedad. Los otros siempre más lúcidos, con una mayor capacidad de ver la realidad. Y yo como mellada. Con ese hueco tan grande que dejan los trastornos psicológicos. Que te marcan de por vida.

Ahora sé que lo que yo creía que era la realidad no existe. Que nunca ha existido. Que "los normales" se equivocan, sufren y encuentran estrategias para manejar ese sufrimiento; no necesariamente buenas estrategias además. Y que dedicarte a ti misma pensamientos como soy débil, no puedo con ello, nunca voy a ser como los otros es como echarte sal y pretender después que los otros te la quiten.

Ése es mi aprendizaje: soy dueña de mi propia sal. De la que le da sabor a la vida, pero también de la que escuece. Y el resto, "normales" o no, que manejen la suya.