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sábado, 15 de junio de 2019

Gritos de silencio

Hoy os dejamos el testimonio de B.S. Un testimonio que nos habla de la lucha diaria contra la enfermedad y de la importancia de pedir ayuda. 

GRITOS DE SILENCIO
Recuerdo un sueño que he tenido en varias ocasiones. Estoy segura de que a alguno de los que leáis esto os ha invadido alguna noche el mismo sueño...
Es una situación extraña, un sueño oscuro, sin muchos colores. Y estás asustada. Sabes que estás en peligro aunque no sepas muy bien por qué. Hay algo o alguien. O quizás sólo tú, pero necesitas ayuda. Lo sabes, lo sientes. ¡Y entonces gritas! Pero no te sale la voz. Y lo vuelves a intentar. Y apenas se escucha un hilillo de ruido que casi ni tú puedes percibir. La angustia crece, el peligro cada vez te tiene más acorralada y tus gritos se quedan en la nada. Y justo cuando sientes que tu final ha llegado, ¡te despiertas! Empapada en sudor, con la respiración acelerada, sentada en la cama, asustada aún. Yo, incluso, a veces llorando.
La buena noticia es que SÓLO es un sueño y, por tanto, siempre acabas despertando. Y tu vida sigue adelante, fuera de peligro. 


El problema surge cuando, estando despierta, la angustia y el peligro te acechan de verdad, y tú, consciente de ello, emites “gritos de silencio”...

...grito porque “no puedo más”, pero en silencio porque “debo aguantar un poquito más”.

...grito porque “estoy agotada”, pero en silencio porque “asumo que es el precio a pagar”.

...grito porque “mi cuerpo necesita comer”, pero en silencio porque “mi cabeza se niega a tal necesidad y desea la delgadez”.

...grito porque “no quiero vomitar”, pero en silencio porque “si no lo hago, no voy a llegar a ese peso que nunca tiene final”.

...grito porque “no tengo fuerzas para hacer más ejercicio”, pero en silencio porque “yo soy fuerte, y me niego a la debilidad”.

...grito porque “necesito que me abracen y mimen”, pero en silencio porque “yo sola puedo”.


...grito porque “me invade la soledad”, pero en silencio porque “si se acercan descubrirán lo mal que realmente puedo estar”.

...grito porque “lloro sin consuelo”, pero en silencio porque “ellos no esperan ni merecen eso de mí”.

...grito porque “me secuestra la tristeza”, pero en silencio porque “la sonrisa es lo único que deben ver de mí”.

...grito porque “me siento morir”, pero en silencio porque “se obsesionarán con quererme salvar”.

...grito desesperada pidiendo “AYUDA”, pero en silencio, desde la mirada, sin pronunciar palabra, porque “me niego a que me llamen enferma y menos a lo que conlleva dejarme ayudar”.

...grito porque “no puedo gritar”, pero, gracias a Dios (para mi es Dios, quizás para ti sea la suerte o el destino) Él ha sabido poner en mi camino a esa persona. O en mi caso, a esas dos o tres personas que tienen el “DON” de escuchar el silencio, de entenderlo, y el valor de salir a mi encuentro. Y digo “VALOR” porque se enfrentan a mis “patadas mentales”, patadas que pueden dañar, doler, y sobre todo que buscan alejar.  Alejar a quien me quiere ayudar. Porque me niego a reconocer mi error, me niego a no tener razón y estar equivocada, me niego a perder “mi control” y dejar de sentirme “poderosa” con cada gramo menos de peso, con cada comida que no hago, con cada caloría que no meto en mi cuerpo...

...gran paradigma: “QUIERO QUE SE ALEJEN, SOÑANDO QUE ME PUEDAN AYUDAR”.

Y, aun así, aun con mis patadas y aun con cada negación, tengo la gran suerte de que no se fueron, de que siguen hoy aquí, a mi lado, escuchando mi silencio, dando voz a mis gritos. Y, lo que es más importante, enseñándome a empezar a pronunciar, alzando con cada paso más mi voz, para hacerme oír ante el mundo que seguiré luchando por “MI VIDA”.

martes, 11 de junio de 2019

El estigma de la enfermedad

He estado dándole muchas vueltas a qué escribir después de tanto tiempo, cuando apenas me reconozco en algunas de las entradas que escribí hace seis años.

¿Qué es lo que he aprendido? ¿Qué es lo más importante de este proceso? ¿Qué sigue siendo importante?


© R.J. 

Y creo que he dado con ello. Durante los años en los que estuve enferma siempre pensé que los otros (la gente normal los llamaba) vivían en una especie de burbuja que los aislaba de los problemas. Que todo lo que yo hiciera estaría bajo la sospecha de la enfermedad. Los otros siempre más lúcidos, con una mayor capacidad de ver la realidad. Y yo como mellada. Con ese hueco tan grande que dejan los trastornos psicológicos. Que te marcan de por vida.

Ahora sé que lo que yo creía que era la realidad no existe. Que nunca ha existido. Que "los normales" se equivocan, sufren y encuentran estrategias para manejar ese sufrimiento; no necesariamente buenas estrategias además. Y que dedicarte a ti misma pensamientos como soy débil, no puedo con ello, nunca voy a ser como los otros es como echarte sal y pretender después que los otros te la quiten.

Ése es mi aprendizaje: soy dueña de mi propia sal. De la que le da sabor a la vida, pero también de la que escuece. Y el resto, "normales" o no, que manejen la suya.



lunes, 24 de febrero de 2014

Hace 9 años...

Decidí que levantarme por la mañana y ver el sol no era un motivo para sonreír. Al abrir los ojos sentí que desgraciadamente un nuevo día había amanecido y que tenía que volver a soportar mi cuerpo.
Decidí que ducharme no era relajarse bajo un chorro de agua caliente con jabón perfumado para enfrentar la jornada. Me miré la tripa y dejé que la angustia se apoderara de mi alma durante el resto del día.
Decidí que ir al instituto no era aprender y divertirme. De primera a última hora era una prueba de fondo en la que tenía que superarme continuamente a mí misma.
Decidí que la hora del recreo no servía para disfrutar de mis amigos. Invertí el tiempo en averiguar cómo hacer que pasaran los minutos sin comerme mi merienda.
Decidí que ver la tele no era una actividad de evasión. Me comparé con las modelos, actrices y presentadoras y llegué a la conclusión de que todas eran mucho mejores que yo.
Decidí que  comprarme ropa no era renovar mi armario para sentirme guapa. Me probé las tallas más pequeñas y celebré las que me quedaban bien y me culpabilicé por las que no.
Decidí que celebrar el cumpleaños de mi amiga no consistía en hacerla a ella feliz ese día. Me comí un helado y al llegar a casa me castigué por ello.

Hace 9 años me condené a la anorexia.

Pero como el ave fénix renace de sus cenizas, hace tiempo…

Elegí que despertarme cada mañana era una oportunidad de un nuevo día lleno de sorpresas que disfrutar.
Elegí que comer es disfrutar de los sabores y variedades que nos ofrece nuestro planeta y nuestra cultura, sobre todo si es en compañía.
Elegí que los momentos con mis amigos no se estropearían y saldríamos a merendar, a tomar un café, a cenar, a ver una película, a pasear y a reír.
Elegí que comprarme ropa significaría tantas prendas como motivos para recordarme el cuerpo tan bonito que tengo.
Elegí observar la maravillosa heterogeneidad del ser humano y disfrutar de nuestras diferencias, sin etiquetar a mejores y peores.
Elegí luchar…
Elegí ser feliz…
Elegí terminar con la anorexia.

¿Y tú? ¿Qué deseas?




miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una historia llena... de vacío


Laura se sentía vacía. Tan vacía como su historia... 

Siempre se acostaba escuchando el susurro de las hojas ya maduras que caían de los árboles, alentadas por el viento en aquellas noches de otoño, que tan largas se le hacían. Ella creía percibir que los árboles se quedaban vacíos en invierno al igual que lo estaba ella, y muchas veces les daba las gracias a aquellos troncos, vestidos únicamente con sus ramas, porque pensaba que lo hacían por acompañarla en su tristeza. Pero en primavera las hojas y las flores renacían y ella lloraba porque no sentía que dentro de ella renaciese ella misma de nuevo.

Ese era su vacío. El vacío que hacía que nunca lograse comprender por qué los demás podían vivir y disfrutar haciéndolo, cómo la gente era feliz simplemente intercambiándose un regalo, cómo yo me sentía bien leyendo un periódico sentada en la cocina mientras hacía el café de la tarde, con esas cuatro cucharadas de azúcar que a mí me endulzaban la vida. Ella me miraba, pero en realidad no me veía, siempre se empeñaba en tomarlo amargo. Como su existencia.

Vacío


Laura pensaba muchas veces pensaba que los raros eran los demás, solo para sentirse algo mejor, en realidad sabía que no era así. Éstos seguían siendo sentimientos de dolor. Creía que tenerlos era un cosa de lo más normal, otra opción le parecía imposible. Aquella cosa que habitaba en su cabeza le hacía sentir que no merecía la pena esforzarse por tratar de estar bien, por intentar integrarse, por sonreír o por salir, porque si lo intentaba, lo que estaba haciendo es forzar al vacío, el cual luego le castigaría creciendo aún más por no haber sido sincera consigo misma ni con los demás. No era la primera vez que le pasaba.

Por eso cada día le resultaba más difícil relacionarse con los demás, incluso con su familia. Con los que habíamos sido sus amigos. Conmigo misma. Parece como si el hecho de contar algo de esta destructiva relación con el vacío fuese a ser el detonante de la III Guerra Mundial. Estaba aterrorizada, tenía mucho miedo, al que dirán, al sufrimiento de la gente, a sufrir más de lo que ya sufría, ¿que pasaría con ella si decía algo? 

En el fondo no era muy consciente de que se había acomodado a esa situación, que se había resignado sin remedio a una vida gris, llena de piedras invisibles pero consistentes. Se había acostumbrado a ver sus ojeras en el espejo, a la pálida tez que cubría su rostro, a sus enormes ojos grises que gritaban en silencio pidiendo la libertad. Con el paso del tiempo, sus días acabaron definiéndose con palabras parecidas (aproximadamente) a la inquietud, el desasosiego, la ansiedad; todo esto combinado a la vez con la apatía, la inapetencia, la tristeza.

Durante mucho tiempo Laura no supo cómo reaccionar. De modo que pensó que quizá esto es lo que Vida tenía preparado para ella, así que se conformaba mientras envidiaba a los chicos de su edad, aquéllos que sí eran capaces de reír y divertirse, de confiar los unos en los otros. De sonreír sinceramente. Cada vez que lo pensaba, bajaba la mirada y una lágrima se precipitaba al vacío (valga la redundancia) desde sus ojos, creyendo que no podría hacer nada por cambiarlo.

Sin embargo, un día, a pesar de que se sentía muy débil y confusa, tomó una decisión: trató de rebelarse contra sí misma, creyendo que así acabaría con su pesadilla, que había ido creciendo tanto con el paso de los años, que en ese momento era tan grande, que hoy siguen faltando las palabras para decir que es más grande que grande. ¿Enorme? Más que enorme... Laura, se propuso intentar cambiar, quería volver al mundo, pero tras tantos años de auto- abandono, no se dio cuenta de que a veces querer no es un sinónimo de poder. Es cierto que si ella quería, podía (de hecho finalmente pudo) porque no hay nada más fuerte para conseguir algo que la voluntad,  pero a veces la gente utiliza mal el verbo “querer”, lo dice, pero se refiriere a “desear sentirse y estar bien, tener lo mejor, pero sin mover un solo dedo para conseguirlo”. Esa es la cultura del esfuerzo que nos enseñan frecuentemente en la actualidad. Tras llevarse un palo enorme y seguir no igual, si no peor, Laura se sintió abatida y pensó que a partir de ahora, lo que le quedase de vida, querría dedicarla a autodestruirse del todo.

Pero en algunas ocasiones parecía reflejarse en sus pupilas una luz intermitente con su rostro esperanzado...  yo sé que seguía ahí. Si aprendió alguna vez a vivir, lo había olvidado hace mucho tiempo y ya era hora de que lo hiciera de nuevo. Porque aún no era tarde. Porque aún estaba a tiempo. Así que a pesar de sentirse muy inútil y tonta dedició continuar. Se dio cuenta de que, aunque ella creía que había luchado con todas sus fuerzas, en realidad ese esfuerzo no había sido suficiente. Había que intentarlo con mucho más ahínco.

Empezó a desconfiar de sí misma (sí, el prefijo des- está bien puesto, lo pongo porque no tenía muy claro, cuando le hablaba el vacío, o cuando estaba razonando ella misma) empezó a dejar de escuchar los pensamientos enfermizos de su cabeza y a fiarse plenamente de lo que la gente que le rodeaba y de la que tanto había huido, le decía con toda su buena intención. Poco a poco empezó a estar en más ocasiones dentro de sí misma, hasta que llegó un momento, en que volvió del todo y dentro de Laura solo estaba ella. A mí, su evolución me recuerda al renacer de un ave Fénix. Cuando se lo dije, se fue corriendo, conmigo a rastras, a la tienda de tattoos que había al final de la calle de mi casa. Le queda precioso tatuado en su tobillo.

A día de hoy, Laura sigue teniendo miedo a volver a sentir lo mismo, pero yo siempre le digo que siempre y cuando trate de ‘autoestimarse’, esté donde quiera que esté, porque yo sé que está, y sigue siendo ella, en estado puro,  no tendrá de qué preocuparse. Pero si no se quiere ni se respeta, jamás podrá querer y respetar a los demás y entonces sí que podrá volver a sentirse vacía, a tener ese pensamiento constante, de "nada vale nada, ni mi vida, ni mi futuro, ni mi familia, ni nada, porque por dentro estoy hueca, y tengo un corazón de paja que no late como todos los demás"

- Si no tienes esto en cuenta, Laura -le digo- entonces la nada y el vacío volverán.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hoy me siento fea

Esta mañana me he despertado con una sensación extraña. Era como si algo pegajoso se hubiera adherido a mi cuerpo. He cogido un libro y me he puesto a leer, pero la sensación no se ha ido. Era como si un chicle de fresa - odio la fresa - se fuera extendiendo poco a poco hasta ocupar mi cuerpo por entero. Lo sentía entre los dedos de mis pies, especialmente entre el dedo gordo y el segundo, cada vez más cercanos por el juanete que deforma mis pies. Un prominente hallux valgus, cada vez más valgus. Sentía el chicle de fresa - fresa ácida, para dar más detalles -, tirante entre mi cuello y mis orejas de soplillo, pegajoso en la zona de las mejillas donde unos granos rojos se asientan anacrónicos en mi rostro de treinta años. Divina juventud. Maldita adolescencia tardía. El chicle de fresa ácida de Boomer que cubre mi cuerpo (tiene que ser Boomer, todo azúcar, apenas unos segundos de explosión en la boca y después  una goma insulsa) se ha pegado en mi rostro y ha llegado a mi boca, a mi labio superior, demasiado fino. Mi labio superior, demasiado fino, pero igual de cuarteado que el inferior. Los dos formando una boca demasiado pequeña, nada apetecible ni jugosa. Dios mío, no va a parar esta sensación, he pensado cuando la he sentido en la cara interna de mis muslos, en mis primeras canas, en mis triceps flácidos, en mis ojos saltones, muy saltones cuando apenas he dormido.

Y entonces, al pasar frente al espejo, me he dado cuenta. ¡Hoy me siento fea! he exclamado entre asombrada y molesta. No es que normalmente me sienta guapa, no es eso. De hecho, creo que mi madre exagera cuando afirma que guapa no soy, que soy salá (lo dice con las dos aes muy abiertas, como para poner énfasis en la pronunciación y no en el contenido). Normalmente no pienso si soy fea, guapa, resultona, atractiva o simplemente un cardo (por cierto, los cardos son preciosos, nunca entendí el dicho). ¿Por qué me pasa hoy?

Las personas con trastornos de la alimentación no sólo distorsionan la percepción de su cuerpo, sino que también el mundo en el que viven. Creen que los "normales" nunca se sienten feos, que, frente a su montaña rusa de sentimientos, ellos viven en una especie de estabilidad emocional, plana, sin accidentes ni recovecos. La realidad es que todos nos sentimos mal alguna vez. ¿Qué hacen los "normales" cuando les pasa? Es fácil: seguir adelante. Estamos demasiado acostumbrados a hacernos caso. Tú eres tu mejor amigo, dicen los manuales de autoayuda, ésos que pueblan las estanterías de las librerías. Incluso en el caso de que sea así, de que nosotros seamos nuetros mejores amigos, todos tenemos otros amigos, los queremos, pero sabemos que han dicho en algún momento alguna idiotez. Algunos las dicen frecuentemente. ¿En que se basa entonces la amistad? En escuchar la idiotez y no darle más importancia. Hay días en los que tú mismo te vas a decir idioteces. Te las vas a repetir incesantemente con una constancia que no tienes para otras cosas. Escúchate y después ríete (esto conviene que sólo lo hagas cuando estés solo). Cuanto menos caso te hagas, antes dejarás de decirlas tan a menudo. Eso sí, ten en cuenta que alguna vez reaparecerán. No pasa nada. Se les llaman días malos. Y todo el mundo los tiene.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Memoria de mis NAVIDADES FELICES

-¿Recuerdas cuánta ilusión nos hacía que llegara la Navidad cuando éramos niñas? – me preguntó una vez mi hermana Sandra.
-Pues sí, me acuerdo. Recuerdo que en cuanto comenzábamos a ver los primeros anuncios de juguetes por la tele empezábamos a ‘pedírnoslo todo’ para empezar a redactar la carta a los Reyes.



Nuestra carta no consistía en elegir cada una lo que quisiera y escribirlo, no. Ideábamos un arduo plan (que solo conocíamos nosotras) que consistía en repartirnos los juguetes que cada una iba a pedir a los Reyes Magos. ¡Nosotras sí que sabíamos! Nuestra intención era tener el doble de cosas con las que jugar; las que yo había pedido y las que había pedido ella. Aunque llegar a un acuerdo con ella sobre lo que nos gustaba a ambas era harto complicado, porque teníamos gustos muy diferentes, pero no importaba, porque cuanto más difícil era, más interesante y divertido nos parecía. ¡Nos lo tomábamos tan en serio! como si la supervivencia del mundo dependiese de ello. Poníamos tanta pasión y tanto desempeño que, cuando las negociaciones terminaban y los Reyes nos traían nuestros regalos, nos quedábamos un poco vacías. Después de tanto trajín, había que esperar otro año entero para vivir aquella experiencia llena de magia otra vez.

A mi hermana y a mí nos encantaba hablar antes de estas cosas. Rememorar viejos tiempos, volver a nuestra infancia y recoger momento a momento aquellos instantes que no deseábamos perder jamás. Siempre habíamos sido buenas amigas, un buen complemento la una para la otra. Hablar con ella ahora era más complicado, por eso me gustaba recordar a solas lo que antes solíamos recordar juntas.

-¿Y te acuerdas de cuando papá nos daba una colleja en la mano cada vez que intentábamos coger un trozo de turrón cuando él estaba preparando la bandeja? –me decía riendo.
-¡Jajaja, sí, ya lo creo que me acuerdo! -le respondía yo- Parece que yo no aprendía jamás. Me llevaba más tobas en Navidad que durante el resto del año. ¡Pero me fastidiaba tanto que no pudiéramos comer ni un trocito hasta después de la cena de Nochebuena! Qué manía más tonta la de papá. 

Qué felicidad sentíamos en el momento en el que acabábamos la primera cena de la Navidad, recogíamos la mesa y poníamos los dulces sobre ella. Polvorones, turrón de chocolate, almendrados… todo tipo de delicias que no comíamos con frecuencia durante el resto del año íbamos a comerlas ahora. Pero lo más importante en ese momento es que estábamos nosotras junto a nuestra familia, en nuestra casa, el Belén y las luces de colores… era todo especial. Nada tenía más importancia de lo normal.

En nuestras miradas se percibía el brillo y la luz de quien es profundamente feliz. Las sonrisas salían solas sin tener que hacer demasiado esfuerzo y las conversaciones entre nosotros eran alegres, fluidas y animadas.

Sandra no pensaba en cuánto engordaban los turrones o en cuál sería el mejor momento para salir a vomitar al baño sin ser vista. Nadie pensaba en cuánto engordaban los turrones o en cuál sería el mejor momento para salir a vomitar al baño sin ser visto.

Es en este momento cuando salgo de mis alegres ensoñaciones. 

Porque sigo sin poder creer que un número en una báscula haya acabado destruyéndolo todo. 


martes, 19 de noviembre de 2013

Si quieres, puedes

Este es el testimonio que nos ha enviado una chica para demostrarnos que muchas de las limitaciones que aparentemente se nos cruzan en el camino, están, en realidad, en nuestra propia mente. Su mensaje es claro: ¡Podemos!





"Como habréis oído o leído en muchas ocasiones o, si habéis sufrido un TCA habréis vivido, parece que padecer anorexia o bulimia debería ser algo de lo que avergonzarse. Algo por lo que señalarte con con el dedo, por lo que te sintieras tonta por haber caído en la trampa. 

En este fragmento os quiero explicar cómo esa mentalidad se puede cambiar y se puede estar orgullosa de una misma. Pero para ello es necesario luchar mucho y tener paciencia. UN TCA SE CURA y al final del camino hay una felicidad increíble, mucho mayor que la que cualquier otra cosa te pueda aportar: descubrirte a ti misma. 

Hacia 2011 empecé a sentirme rara. Hacía años que había superado la anorexia en sí y, en cambio, sentía que no todo estaba completo. Mi relación con la comida era saludable pero mi cuerpo me decía que eso ya no era suficiente, que quería disfrutar comiendo. Ante ello, mi psicóloga me animó a ser libre, a dejar que mi cuerpo hablara por mí y que me guiase por él. Al principio eran cositas pequeñas, como comer en Navidades más turrón si me apetecía o comprarme golosinas una tarde. Tras unas semanas así, tenía la sensación de que estaba perdiendo el control y mi cabeza, que seguía descolocada, me pidió que fuera poco a poco. Tuve apoyo en estos momentos y al poco tiempo volví a intentarlo. De nuevo lo mismo…  Era normal, pero tenía que seguir intentándolo.

Hace poco menos de un año, un día me pregunté, sin querer: ¿Cuánto tiempo llevo sin agobiarme? Y se me había olvidado la última vez que lo había hecho. Fue un momento muy especial, porque en ese momento sentí verdaderamente que tenía las riendas de mi vida. No porque no me agobiara la comida sino porque el miedo patológico había desaparecido de todas las facetas de mi vida.

Durante varios años la obsesión por todo había mermado mi persona, había echado tierra sobre mi esencia: la comida, los estudios, la aprobación ajena, el trabajo… Y me había perdido, dejándo sólo ver la parte oscura de mí. Pero ese día estaba llena de energía. La chica acomplejada había pasado a ser una adulta que apreciaba cada una de las curvas, lunares y dimensiones de su cuerpo. La estudiante modelo había sido derribada por una maestra decidida a dar lo mejor de sí misma sin intentar agradar a todos. La adolescente indecisa se había retirado ante una mujer que aceptaba que hacía las cosas a veces bien, a veces mal y otras veces como buenamente sabía.

Los días grises se acabaron. Ya no aguantaba que mi alrededor se preocupara de nimiedades ni que me arrastraran a pozos sin fondo. Ahora luchaba por la libertad de mi persona, por vivir cada momento como irrepetible, por aprovechar las miajas del tiempo para construir una vida feliz. Esta nueva actitud me permitió hablar, decir lo que pensaba, decidir, equivocarme, probar…Hacer mi propio camino, sin que nadie lo construyera por mí. Y así llegué a terminar una carrera, encontrar un trabajo, mantener cerca de mí a las personas que verdaderamente me importan, deshacerme de los que consideraba piedras en mi camino, ir de compras con una sonrisa, organizar cenas con mis amigos, descubrir en mi pareja cosas que mi capa negra no me había dejado ver…
 
Para que podáis entenderlo, me di cuenta de que no es que mi cerebro ni mi personalidad estuvieran mal, sino que era uno de los esclavos de Miguel Ángel: era una esclava de un mundo mal entendido bajo un pétrea capa de mármol y ahora estaba esculpiendo mi forma, liberándome de aquella pesada carga que no me permitía quererme a mí misma.



Os he escrito este testimonio para que cuando os surja en vuestra cabeza la misma pregunta que me surgía a mí, tengáis la respuesta que os llene de fuerzas:
¿Por qué seguir luchando si esto no parece tener fin? Porque sí que tiene fin, aunque no lo parezca y ese fin es muchísimo más maravilloso de lo que podáis imaginaros".

viernes, 15 de noviembre de 2013

¡Oh, Dios mío! ¡Han matado a Ken!




Miro el catálogo de juguetes de estas Navidades que mi sobrina sostiene entre sus manos de tres años. Muy seria, con un peso y un aplomo desconcertantes para su edad, me explica cuáles son sus elecciones y por qué. Pasa las páginas. Muñecos de peluche. Redondos, de ojos enormes, preparados para que nos gusten. Juegos de construcción. Cocinitas. Para Bebés. A partir de un año. Más de dos años. Según avanza la edad recomendada, los muñecos se estilizan. Los ojos siguen siendo enormes, estratosféricos en un cuerpo espigado, esquelético. Monsters-High. Verdaderamente monstruosas, sí. No por sus maquillajes ni por su aspecto de zombie, sino por sus cuerpos imposibles, deformes, de una delgadez insultante.

El gran triunfo de las Bratz, muñecas también monstruosas, fue alejarse del modelo tradicional de las Barbies. Las niñas no querían parecerse a la Barbie, que podría ser su madre. Deseaban ser como sus hermanas mayores. Deseaban tener una melena que les llegara al suelo, zapatos de plataforma y no de aguja, ojos rasgados, piernas kilométricamente delgadas y, a juzgar por las Bratz, deseaban también ser llamativamente cabezonas (esto último nunca lo entendí). Ese modelo se extendió y aparecieron nuevas muñecas con el mismo estilo. La Barbie, sin ir más lejos, también rejuveneció.

Mi sobrina continúa pasando las páginas, respondiendo con una creciente impaciencia a mis preguntas, cortándome tajantemente con un: Me gustan porque me gustan, tita, no seas pesada. Y, de repente, lo veo. Me viene a la cabeza la serie South Park y digo en voz alta: ¡Oh, Dios mío! ¡Han matado a Ken! Mi sobrina me mira desconcertada. Señala hacia el muñeco adolescente, vestido con unos pantalones pirata y una sudadera, y me dice: No, tita, Ken está aquí. ¿No lo ves?








Claro que lo veo. Veo un muñeco tremendamente delgado, como si hubieran exprimido al Ken que había en mi época. Un Ken clavado a Edward Cullen, es decir a Robert Pattison. Un Ken afeminado, frágil, prerrafaelita, que parece el hermano pequeño (o incluso el hijo) de la Barbie. 

Hablamos en otra entrada de la Barbie, de sus medidas imposibles y yo me pregunto: ¿Qué ha pasado también con Ken?  Definitivamente, alguien lo ha matado.

jueves, 14 de noviembre de 2013

A las mujeres les gustan las cicatrices

Eso me dijo un día Pablo -llamémosle así- después de quitarse la camiseta y mostrarme una cicatriz de unos veinte centímetros en el lugar donde una vez estuvo su riñón derecho.
A las mujeres les gustan las cicatrices. Es un hecho antropológico, aseguró. Las heridas de guerra del macho provocan ternura y admiración en la hembra. Palabra de antropólogo. 

En aquel momento le miré a los ojos y pensé: por fin. Al fin un hombre al que no le disgustan las marcas en la piel –es más, las muestra, orgulloso– ni las imperfecciones. Un hombre con menos prejuicios que yo, porque tengo que reconocer que me dio vergüenza que se quitara la camiseta en un bar. Un hombre al que no le importarían mis estrías y, puestos a soñar, tampoco mis varices. Pequeñas serpientes violáceas que recorrían, sinuosas, mis pantorrillas como si fueran un cuadro de Pollock. Entonces, le dije:
                –¿Es algo antropológico? Y a mí que siempre me habían disgustado mis estrías.
 Le miré fijamente. Venga, ríete, pensé. Ríete de mi ingenuidad. Pablo continuaba serio.
                –¿Las estrías? Es que son horrorosas.
                –Pero, ¿no dices que nos gustan? 

Pablo sonrió al fin. La temperatura del bar cambió. Se hizo mucho más cálida y densa. Asfixiante. La tormenta doctrinal se avecinaba. Me explicó que la atracción –de gustar había pasado a atracción– era unidireccional. Procedía sólo de las mujeres hacia los hombres. Jamás de las mujeres hacia sus propias cicatrices. Y, por supuesto, nunca del hombre hacia la mujer. Palabra de antropólogo. Me sentí estúpida. ¿Cómo podía haber hecho aquella pregunta? Menos mal que las varices ni las había mencionado. Aunque llevaba pantalones, crucé las piernas y puse mis manos sobre ellas.



A pesar del disgusto que le producían las estrías, Pablo continuó viéndome. Yo le estaba agradecida por aceptar mi cuerpo imperfecto, veinte años más joven que el suyo. Un cuerpo embadurnado a diario con rosa mosqueta, aloe vera y aguacate. Al cabo de unos meses de aleccionamiento antropológico decidí dejarle. Quedamos en el mismo bar donde se había quitado la camiseta. Mientras rompía con él, Pablo me miraba. En su rostro, su sonrisa doctrinal. Y, con su sonrisa, mi tono se hacía más incisivo, más mordaz. Cuando acabé, me dijo:
                  –Es normal, no te preocupes. Lo entiendo. Te gusto demasiado y eso te asusta. No       puedes  con ello y prefieres dejarme.
Me entró rabia. Le dije que no me atraían ni él ni su cicatriz ni el riñón que le faltaba. Se levantó, la sonrisa todavía puesta, me dio un beso en la frente, paternal, y se marchó mientras murmuraba:
                     –Demasiado enamorada. 

De Pablo aprendí varias cosas. Aprendí que, como me sucedía a mí, vivía en un mundo distorsionado. La diferencia estaba en que él había construido un mundo a su medida. Pablo era impermeable. No tenía resquicios por los que pudiera entrar la crítica. Pero, sobre todo, aprendí que se puede dejar de ser uno mismo. ¿Quién era aquella persona que estuvo con Pablo? No la reconozco.

 No sé si a las mujeres les gustan las cicatrices. Ni siquiera sé si me gustan a mí. Hace mucho tiempo que no puedo separar el cuerpo de la personalidad. Lo que tengo claro es que no me gustan los idiotas.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Miedo, soledad y TCA

Cuántas veces habremos oído la expresión "sentirse solo entre un montón de gente". Este sentimiento es bastante común ¿quién no se ha sentido solo alguna vez? No obstante, y de acuerdo a la temática del blog, en esta entrada me gustaría contaros una historia para que podáis entender con más facilidad cómo siente la soledad una chica con un trastorno de alimentación.

Vera Soledad



Nuestra protagonista de hoy se llama Vera. Es una chica de 27 años de edad que, aunque hoy está bastante recuperada de su trastorno de alimentación a nivel físico, a nivel emocional aún le queda todavía por hacer. Ya sabéis que la parte física de un TCA es solo la punta del iceberg, y que lo realmente importante es siempre lo que hay detrás de él.
Vera aún no consigue gustarse a sí misma, así que sabe que el primer paso para conseguirlo es empezar por aceptarse. Vera cayó en las garras de los trastornos de alimentación con 16 años. En aquellos momentos estaba estudiando en el instituto y hasta hacía poco había sido una chica completamente normal. Lo cierto es que siempre había tenido un poco de dificultad para decir que no a las personas, pero nada con una importancia exagerada.

Sin embargo, sin saber muy bien la causa, esta tendencia de Vera fue poco a poco acentuándose. Temía herir a los demás, y en muchas ocasiones, actuaba por y para ellos, poniéndolos incluso por delante de sí misma. Tanto es así que, con 17 ya cumplidos, empezó a salir con un chico (tras meses y meses de insistencia por parte de él) con el que estuvo cuatro años y medio y del que no llegó a sentir verdadero amor (eso lo sabe ahora, después de mucho tiempo).  Le quería mucho, no quería perderle y tenía miedo de que eso pasara si ella no aceptaba.

Vera no se daba cuenta en ese momento, confundió amistad y admiración con amor, llegando a autoconvencerse de que él era lo mejor para ella y de que le quería con toda su alma. Durante esos cuatro años y medio empezó su auténtico declive. Sus amigas se echaron también novio y dejó poco a poco de verlas.
El nivel de estudios en el bachillerato era mucho más elevado de lo que lo había sido durante la ESO, así que, presa de una auténtica necesidad de dar lo mejor de sí misma en el nuevo curso y víctima de una crisis de identidad en la que ella misma se introdujo, Vera acabó deprimiéndose. Centró toda su atención y energía vital a estudiar todas las tardes en la biblioteca para ser la mejor estudiante del mundo. Al mismo tiempo un día, a la hora de ducharse se miró detenidamente y se vio gorda. No lo estaba en absoluto, pero se propuso adelgazar. Ya llevaba bastante tiempo haciendo cosas muy extrañas con la comida, pero esta vez iba a tomárselo en serio. Aprendió a vomitar y consiguió adelgazar y mucho. Obtuvo también las mejores notas de su clase, de todo su curso, además.

Aunque le sigue costando mucho identificar cuáles eran sus sentimientos entonces, según me cuenta ella, en el fondo de su interior, en lo más profundo de su corazón se sentía muy sola. Lo que estaba pasando es que no se entendía a sí misma, no sabía por qué se sentía tan mal y trataba de forzarse a sentir de otra manera, pero cuanto más lo intentaba, menos lo conseguía. Llegó a la conclusión de que encerrándose en su mundo de estudio y delgadez conseguiría dejar de estar amargada sin saber que acabaría empeorando, con mucho, las cosas. Yo pienso que ella buscaba a alguien que la entendiera, que le supiese decir qué era lo que no iba bien, qué le estaba pasando y por qué. Que alguien se lo explicara era completamente imposible, ni siquiera ella lo comprendía.
 El problema es que Vera no conseguía darse cuenta de que no estaba siendo ella misma, de que continuamente se negaba a sí misma, se boicoteaba y se censuraba, no dejaba aflorar la verdadera persona que llevaba en su interior. Su miedo (un miedo irracional) a todo, a absolutamente todo, acabo arrastrándola por aquellos caminos que los demás le indicaban, sin pararse a pensar qué era lo que en realidad deseaba y quería. Sin quererlo se había convertido en un mera espectadora de su vida, en lugar de ser la actriz principal.

Con el paso del tiempo, Vera comenzó a aislarse. A no querer conocer a la gente, a no disfrutar de una conversación con alguien querido. Lo que tenía era mucho miedo a establecer nuevas relaciones sociales y que los demás se dieran cuenta de lo rara que era. En realidad no era tan rara, pero ella lo creía tanto así, que acabo siendo así. Se sentía torpe cuando estaba con la gente, le daba la sensación de que estaba haciendo el ridículo y cada vez que eso pasaba se sentía más miserable. Estaba segura de que nadie en este mundo era tan poco "querible" como ella, de que no había un sitio adecuado ni una persona con la que se entendiese. Además era muy duro tratar siempre de parecer contenta y feliz, para ella eso suponía un esfuerzo sobrehumano y por eso prefería la soledad a tener que exponerse a los demás.

"Eres una chica solitaria", le habían dicho alguna vez. Y sí, era así. Buscaba la soledad como las plantas buscan el sol, a pesar de que no disfrutaba en absoluto de ella. Cada día que pasaba sola, evitando cualquier tipo de actividad que conllevara estar con los demás, era otro motivo más para recordarse lo desgraciada que era, pero lo prefería a tener que pasar el calvario de tratar de pasar por una persona normal, de tratar de caer bien, de estar a gusto. Estaba segura de que cada vez que quedaba a tomar un café con alguna compañera de universidad se comportaba, aunque quisiera evitarlo a toda costa, como en realidad se sentía: con ganas de irse de allí. No podía evitar estar pensando en otras cosas en lugar de estar en la conversación... pensamientos tipo "qué fea se ha puesto", "qué tía más rara", "debe estar un poco loca" y similares.

Después de contarme su historia -que he resumido muy brevemente aquí- he llegado a la conclusión de que Vera seguía el siguiente esquema:

Baja autoestima - Inseguridad - Incapacidad para decir no - Perfeccionismo - Negación e incomprensión de sí misma y búsqueda de respuestas en los demás - Abandono de la búsqueda de respuestas y de la aceptación por parte de los demás - Aislamiento y soledad autoinducidos pero NO DESEADOS.

Vera solo tiene su historia. Y aunque existen miles de historias iguales o peores, ésta es una historia ligada inevitablemente a la soledad. No soledad en sentido de que no haya nadie más, ya que ella siempre ha estado rodeada de gente: su familia, su novio, sus amigos, compañeros... gente que además se ha desvivido por ella. Me refiero a la soledad provocada por su propia ausencia. A la soledad provocada por un inmenso vacío que solo ella tiene la potestad de volver a llenar.

El miedo siempre ha sido su principal enemigo. La vida es demasiado corta como para temer tanto. El miedo hace que nos cuestionemos absolutamente todo para tomar las decisiones más adecuadas, como si fuésemos a vivir eternamente. A veces hay que quitar un poco de importancia a la vida para darnos cuenta de que si nos la tomamos tan en serio no seremos capaces de disfrutarla. Y el tiempo vuela. Para todos.

Si te sientes como Vera, continúa mirando en tu interior. Las respuestas no las tiene nadie, están dentro de ti. Si las buscas, las encontrarás.