jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuando me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.
Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.
Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.
Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.
Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.
Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!
No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.
Charles Chaplin

viernes, 20 de diciembre de 2013

El regreso de las heroínas

Si hay algo que me molesta, y mucho, es toda la sarta de personajes famosos que anuncian su victoria sobre la anorexia. 








No es que piense que la enfermedad no se puede vencer, no es eso. Hay un mensaje que debe prevalecer por encima de todo: de la anorexia se sale. 

Lo que me enerva y me provoca una punzada persistente justo en el centro del estómago es cómo lo cuentan y, sobre todo, el desenlace final de sus historias. 

Estoy convencida de que ninguna de ellas ha leído "El héroe de las mil caras" de Joseph Campbell. Si lo hicieran, se darían cuenta de que su relato sigue exactamente los mismos pasos que el autor marca para las historias de ficción. Resumo los 12 estados por lo que, según Campbell, pasa el héroe:



1) Mundo ordinario: es la vida cotidiana del héroe antes de que empiece la aventura.

2) La llamada de la aventura: presentación del problema o desafío

3) Reticencia del héroe o rechazo de la llamada: el héroe se resiste a enfrentarse a ello.

4) Encuentro con el mentor o ayuda sobrenatural: alguien le instruye y le ayuda. 

5) Cruce del primer umbral: abandono del mundo ordinario y entrada en el universo mágico.

6) Pruebas, aliados y enemigos: diferentes pruebas en las que tendrá enemigos y aliados.

7) Acercamiento: éxito en las pruebas. 

8) Prueba difícil o traumática: es el enfrentamiento más difícil, normalmente a vida o muerte

9) Recompensa: al salir victorioso de la muerte, gana una recompensa. 

10) El camino de vuelta: regreso al mundo ordinario

11) Resurrección del héroe: debe aplicar lo aprendido en una nueva prueba

12) Regreso con el elixir: vuelve al mundo ordinario y usa el elixir (la recompensa) para ayudar a los otros.



Apliquémoslo a  un caso de "relato de resurrección": una chica cree que tiene que adelgazar porque así tendrá más éxito con los chicos. Su mundo es aburrido, la cotidianeidad le exaspera. Comienza a dejar de comer, pero hay momentos en los que no puede más y abandona la dieta que se ha autoimpuesto. Es entonces cuando conoce a una amiga que le enseña ciertos trucos y la inicia en la anorexia. Poco a poco se va desligando de sí misma. Su sentimiento de despersonalización crece. En ese mundo irreal tiene que hacer frente a los comentarios e intentos de que vuelva al mundo ordinario por parte de sus familiares (sus nuevos enemigos). Tras años así, finalmente tienen que ingresarla y es allí donde se da cuenta de que su vida merece la pena y de que tiene que luchar contra la enfermedad. Entonces comienza el camino de vuelta al mundo ordinario: empezar a comer para que las distorsiones cognitivas se espacien y puedan desaparecer finalmente. En ese camino de regreso habrá recaídas que lejos de vencerla, le harán mucho más fuerte. Una vez curada, se dedicará a ayudar a los demás y a divulgar su historia en los medios de comunicación. 

Una bonita historia, ¿verdad? ¿Qué es entonces lo que me enerva? Que esas mujeres siguen estando extremadamente delgadas. Que son mujeres de éxito. Que muchas son modelos, una profesión en la que precisamente no se valora la naturalidad ni el "elixir" con el que nos sermonean las heroínas una vez han vuelto. Y, sobre todo, que no cuentan la verdad. Parece que un buen día entraron en la enfermedad y al día siguiente salieron, victoriosas, con éxito, bellísimas, de ella. 


La vida real tiene un desenlace distinto al de la ficción. Aun en los casos en los que se regresa, el encuentro cara a cara con el infierno jamás deja a la persona igual. En la resurrección siempre se pierde una parte de uno mismo y el camino de regreso es largo, muy largo. El infierno te deja un sabor de boca amargo que en los mejores días apenas se nota, pero que en los malos te baja por la garganta y el esófago hasta llegar al centro del estómago y te punza para recordarte que una vez estuviste allí.Que tú misma decidiste bajar y que incluso disfrutaste del calor durante un tiempo.

Hay un mensaje que, como he dicho, debe priorizarse: de la anorexia se sale. 

Y una verdad rotunda, apriorística, sin matices, contundente, como un parterre en la hierba recién cortada: el infierno, ni pisarlo. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Pensamientos distorsionados

Gloria era una chica de estatura normal, pongamos por ejemplo, que medía 1,65 metros. Con una complexión mediana, su peso nunca había sido mayor de 53 kilos.

Según recomienda la Organización Mundial de la Salud en sus tablas, con esta estatura el peso ideal de Gloria debería oscilar entre los 56 y los 63 kilos, así que podemos decir que esta chica estaba incluso un poco por debajo de lo que se consideraría óptimo, pero nada alarmante, porque Gloría comía bien, de todo, y en cantidades normales. Nunca se había visto gorda, de hecho, entre sus círculos sociales se caracterizaba por ser el pibón por el que todos los chicos babeaban.



Entonces ¿cómo le dio a Gloria por ponerse a adelgazar? Pues la razón es un poco incierta, pero parece que el origen de que empezara a fijarse en el tamaño de sus brazos, y luego en el tamaño de su culo, y después en el tamaño de todas las demás partes de su cuerpo se encuentra en el momento en el que se produce la muerte de su hermano.

Su hermano y ella siempre habían estado muy unidos y su pérdida supuso un fuerte golpe para Gloria. También para el resto de su familia, como es evidente, pero el dolor de Gloria parecía estar a otro nivel. Era tan intenso, pero tan intenso que se le quitaron las ganas de comer. Estaba tan triste que se le olvidaba y cuando se le venía a la cabeza que tenía que alimentarse, el nudo de su estómago apenas le permitía probar bocado.  Al principio era, pues, simple inapetencia, fruto de la depresión por un suceso tan traumático, pero pronto se convirtió en adicción. ¿Cuándo? Cuando de repente se dio cuenta, por los continuos comentarios de la gente –Jo, Gloria, qué delgada te veo y qué mala cara tienes últimamente, etc-  de que había adelgazado.

Pero era extraño, porque ella tampoco había buscado perder peso. Y ni siquiera se había fijado en que estaba más delgada. Si no llega a ser por los demás, ni se da cuenta. Al final, la gente se puso tan pesada que decidió pesarse en la báscula para comprobarlo. ¡Qué sorpresa! ¡Pero si había perdido casi cinco kilos desde hacía dos meses! Pues vaya, de verdad que ella no se lo notaba. Seguía viéndose igual…
Sin embargo, y ahora sí, empezó a tener especial cuidado, a controlar, lo que introducía en su cuerpo, no fuera a ser, -¡por Dios!- que cogiese un gramo de los que había perdido, que ya que los había perdido, pues oye, por qué ganarlos otra vez…

Y así empezó su anorexia… La palabra control es el contexto ideal en el que comienza el descontrol. Gloria bajó muchos kilos más, por debajo, incluso, de la barrera de los 40, pero siguió sin ver en su cuerpo la diferencia entre pesar 53 y pesar 43.  No es que se viera inmensamente gorda, vamos a ver, pero lo cierto es que pensaba que un poco de algunas zonas sí que le sobraba… y que estaría mucho mejor con algo menos de peso. ¡Y la gente de su alrededor pidiéndole que subiera a su peso, a los 53 kilos de nuevo! No, no y no. Seguro que la subida sí que la notaba y no precisamente para bien, no podría soportarlo, no podía ser. De ninguna manera.

Así, el cuerpo, el peso y la delgadez – que no habían tenido mayor importancia hasta el momento- se convirtieron en el tema central de la vida de Gloria. En un refugio en el que esconderse del resto del mundo, en una excusa para no hacer frente a los demás problemas. ¡Qué miedo vivir sin eso después de tanto tiempo “resguardada” en la comodidad de ese mundo! 

jueves, 5 de diciembre de 2013

El maltrato sutil

Para finalizar la semana, aquí os dejamos un vídeo que cuenta una verdad tan grande como un templo. Os deseamos un feliz puente a tod@s.

"No olvides nunca que la verdadera belleza es una actitud y que eres increíblemente preciosa cuando eres AUTÉNTICA".



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una historia llena... de vacío


Laura se sentía vacía. Tan vacía como su historia... 

Siempre se acostaba escuchando el susurro de las hojas ya maduras que caían de los árboles, alentadas por el viento en aquellas noches de otoño, que tan largas se le hacían. Ella creía percibir que los árboles se quedaban vacíos en invierno al igual que lo estaba ella, y muchas veces les daba las gracias a aquellos troncos, vestidos únicamente con sus ramas, porque pensaba que lo hacían por acompañarla en su tristeza. Pero en primavera las hojas y las flores renacían y ella lloraba porque no sentía que dentro de ella renaciese ella misma de nuevo.

Ese era su vacío. El vacío que hacía que nunca lograse comprender por qué los demás podían vivir y disfrutar haciéndolo, cómo la gente era feliz simplemente intercambiándose un regalo, cómo yo me sentía bien leyendo un periódico sentada en la cocina mientras hacía el café de la tarde, con esas cuatro cucharadas de azúcar que a mí me endulzaban la vida. Ella me miraba, pero en realidad no me veía, siempre se empeñaba en tomarlo amargo. Como su existencia.

Vacío


Laura pensaba muchas veces pensaba que los raros eran los demás, solo para sentirse algo mejor, en realidad sabía que no era así. Éstos seguían siendo sentimientos de dolor. Creía que tenerlos era un cosa de lo más normal, otra opción le parecía imposible. Aquella cosa que habitaba en su cabeza le hacía sentir que no merecía la pena esforzarse por tratar de estar bien, por intentar integrarse, por sonreír o por salir, porque si lo intentaba, lo que estaba haciendo es forzar al vacío, el cual luego le castigaría creciendo aún más por no haber sido sincera consigo misma ni con los demás. No era la primera vez que le pasaba.

Por eso cada día le resultaba más difícil relacionarse con los demás, incluso con su familia. Con los que habíamos sido sus amigos. Conmigo misma. Parece como si el hecho de contar algo de esta destructiva relación con el vacío fuese a ser el detonante de la III Guerra Mundial. Estaba aterrorizada, tenía mucho miedo, al que dirán, al sufrimiento de la gente, a sufrir más de lo que ya sufría, ¿que pasaría con ella si decía algo? 

En el fondo no era muy consciente de que se había acomodado a esa situación, que se había resignado sin remedio a una vida gris, llena de piedras invisibles pero consistentes. Se había acostumbrado a ver sus ojeras en el espejo, a la pálida tez que cubría su rostro, a sus enormes ojos grises que gritaban en silencio pidiendo la libertad. Con el paso del tiempo, sus días acabaron definiéndose con palabras parecidas (aproximadamente) a la inquietud, el desasosiego, la ansiedad; todo esto combinado a la vez con la apatía, la inapetencia, la tristeza.

Durante mucho tiempo Laura no supo cómo reaccionar. De modo que pensó que quizá esto es lo que Vida tenía preparado para ella, así que se conformaba mientras envidiaba a los chicos de su edad, aquéllos que sí eran capaces de reír y divertirse, de confiar los unos en los otros. De sonreír sinceramente. Cada vez que lo pensaba, bajaba la mirada y una lágrima se precipitaba al vacío (valga la redundancia) desde sus ojos, creyendo que no podría hacer nada por cambiarlo.

Sin embargo, un día, a pesar de que se sentía muy débil y confusa, tomó una decisión: trató de rebelarse contra sí misma, creyendo que así acabaría con su pesadilla, que había ido creciendo tanto con el paso de los años, que en ese momento era tan grande, que hoy siguen faltando las palabras para decir que es más grande que grande. ¿Enorme? Más que enorme... Laura, se propuso intentar cambiar, quería volver al mundo, pero tras tantos años de auto- abandono, no se dio cuenta de que a veces querer no es un sinónimo de poder. Es cierto que si ella quería, podía (de hecho finalmente pudo) porque no hay nada más fuerte para conseguir algo que la voluntad,  pero a veces la gente utiliza mal el verbo “querer”, lo dice, pero se refiriere a “desear sentirse y estar bien, tener lo mejor, pero sin mover un solo dedo para conseguirlo”. Esa es la cultura del esfuerzo que nos enseñan frecuentemente en la actualidad. Tras llevarse un palo enorme y seguir no igual, si no peor, Laura se sintió abatida y pensó que a partir de ahora, lo que le quedase de vida, querría dedicarla a autodestruirse del todo.

Pero en algunas ocasiones parecía reflejarse en sus pupilas una luz intermitente con su rostro esperanzado...  yo sé que seguía ahí. Si aprendió alguna vez a vivir, lo había olvidado hace mucho tiempo y ya era hora de que lo hiciera de nuevo. Porque aún no era tarde. Porque aún estaba a tiempo. Así que a pesar de sentirse muy inútil y tonta dedició continuar. Se dio cuenta de que, aunque ella creía que había luchado con todas sus fuerzas, en realidad ese esfuerzo no había sido suficiente. Había que intentarlo con mucho más ahínco.

Empezó a desconfiar de sí misma (sí, el prefijo des- está bien puesto, lo pongo porque no tenía muy claro, cuando le hablaba el vacío, o cuando estaba razonando ella misma) empezó a dejar de escuchar los pensamientos enfermizos de su cabeza y a fiarse plenamente de lo que la gente que le rodeaba y de la que tanto había huido, le decía con toda su buena intención. Poco a poco empezó a estar en más ocasiones dentro de sí misma, hasta que llegó un momento, en que volvió del todo y dentro de Laura solo estaba ella. A mí, su evolución me recuerda al renacer de un ave Fénix. Cuando se lo dije, se fue corriendo, conmigo a rastras, a la tienda de tattoos que había al final de la calle de mi casa. Le queda precioso tatuado en su tobillo.

A día de hoy, Laura sigue teniendo miedo a volver a sentir lo mismo, pero yo siempre le digo que siempre y cuando trate de ‘autoestimarse’, esté donde quiera que esté, porque yo sé que está, y sigue siendo ella, en estado puro,  no tendrá de qué preocuparse. Pero si no se quiere ni se respeta, jamás podrá querer y respetar a los demás y entonces sí que podrá volver a sentirse vacía, a tener ese pensamiento constante, de "nada vale nada, ni mi vida, ni mi futuro, ni mi familia, ni nada, porque por dentro estoy hueca, y tengo un corazón de paja que no late como todos los demás"

- Si no tienes esto en cuenta, Laura -le digo- entonces la nada y el vacío volverán.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La anorexia como refugio

“Si tan mal lo pasa enferma, ¿por qué no hace todo lo posible para curarse?”
“¿Por qué no piensa en nosotros?”
“¿Por qué sólo se preocupa por su tripa?”

LA ANOREXIA COMO REFUGIO


Las respuestas a estas preguntas que tantas veces me han hecho no son del todo sencillas.
Sí, es una enfermedad, pero una enfermedad compleja, querer curarse es necesario pero no suficiente. El trastorno de alimentación se convierte en un escudo ante el mundo.

Ahí nadie ni nada te pueden hacer daño. Los sentimientos quedan escondidos, la valía personal no se pone en entredicho, las críticas irán dirigidas a tu físico, aunque no estén de acuerdo contigo dará igual, es tu rutina, tu vida en la que nadie puede entrar y por lo tanto nadie te puede lastimar.

Todo por no atreverte a vivir tal y como eres, porque en algún momento te hicieron mucho daño y no pudiste reaccionar o porque no entendías el mundo o no sabías por dónde ir. Pero detrás de cada ayuno, de cada vómito o de tantas y tantas barbaridades estás tú. Solo tienes que atreverte a ser y entonces la vida dejará de ser tan cruel.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hoy me siento fea

Esta mañana me he despertado con una sensación extraña. Era como si algo pegajoso se hubiera adherido a mi cuerpo. He cogido un libro y me he puesto a leer, pero la sensación no se ha ido. Era como si un chicle de fresa - odio la fresa - se fuera extendiendo poco a poco hasta ocupar mi cuerpo por entero. Lo sentía entre los dedos de mis pies, especialmente entre el dedo gordo y el segundo, cada vez más cercanos por el juanete que deforma mis pies. Un prominente hallux valgus, cada vez más valgus. Sentía el chicle de fresa - fresa ácida, para dar más detalles -, tirante entre mi cuello y mis orejas de soplillo, pegajoso en la zona de las mejillas donde unos granos rojos se asientan anacrónicos en mi rostro de treinta años. Divina juventud. Maldita adolescencia tardía. El chicle de fresa ácida de Boomer que cubre mi cuerpo (tiene que ser Boomer, todo azúcar, apenas unos segundos de explosión en la boca y después  una goma insulsa) se ha pegado en mi rostro y ha llegado a mi boca, a mi labio superior, demasiado fino. Mi labio superior, demasiado fino, pero igual de cuarteado que el inferior. Los dos formando una boca demasiado pequeña, nada apetecible ni jugosa. Dios mío, no va a parar esta sensación, he pensado cuando la he sentido en la cara interna de mis muslos, en mis primeras canas, en mis triceps flácidos, en mis ojos saltones, muy saltones cuando apenas he dormido.

Y entonces, al pasar frente al espejo, me he dado cuenta. ¡Hoy me siento fea! he exclamado entre asombrada y molesta. No es que normalmente me sienta guapa, no es eso. De hecho, creo que mi madre exagera cuando afirma que guapa no soy, que soy salá (lo dice con las dos aes muy abiertas, como para poner énfasis en la pronunciación y no en el contenido). Normalmente no pienso si soy fea, guapa, resultona, atractiva o simplemente un cardo (por cierto, los cardos son preciosos, nunca entendí el dicho). ¿Por qué me pasa hoy?

Las personas con trastornos de la alimentación no sólo distorsionan la percepción de su cuerpo, sino que también el mundo en el que viven. Creen que los "normales" nunca se sienten feos, que, frente a su montaña rusa de sentimientos, ellos viven en una especie de estabilidad emocional, plana, sin accidentes ni recovecos. La realidad es que todos nos sentimos mal alguna vez. ¿Qué hacen los "normales" cuando les pasa? Es fácil: seguir adelante. Estamos demasiado acostumbrados a hacernos caso. Tú eres tu mejor amigo, dicen los manuales de autoayuda, ésos que pueblan las estanterías de las librerías. Incluso en el caso de que sea así, de que nosotros seamos nuetros mejores amigos, todos tenemos otros amigos, los queremos, pero sabemos que han dicho en algún momento alguna idiotez. Algunos las dicen frecuentemente. ¿En que se basa entonces la amistad? En escuchar la idiotez y no darle más importancia. Hay días en los que tú mismo te vas a decir idioteces. Te las vas a repetir incesantemente con una constancia que no tienes para otras cosas. Escúchate y después ríete (esto conviene que sólo lo hagas cuando estés solo). Cuanto menos caso te hagas, antes dejarás de decirlas tan a menudo. Eso sí, ten en cuenta que alguna vez reaparecerán. No pasa nada. Se les llaman días malos. Y todo el mundo los tiene.