Laura se sentía vacía. Tan vacía como su historia...
Siempre se acostaba
escuchando el susurro de las hojas ya maduras que caían de los árboles, alentadas
por el viento en aquellas noches de otoño, que tan largas se le hacían. Ella
creía percibir que los árboles se quedaban vacíos en invierno al igual que lo
estaba ella, y muchas veces les daba las gracias a aquellos troncos, vestidos únicamente con sus ramas, porque pensaba que lo hacían por acompañarla en su
tristeza. Pero en primavera las hojas y las flores renacían y ella lloraba
porque no sentía que dentro de ella renaciese ella misma de nuevo.
Ese era su vacío. El vacío que hacía que nunca lograse
comprender por qué los demás podían vivir y disfrutar haciéndolo, cómo la gente
era feliz simplemente intercambiándose un regalo, cómo yo me sentía bien leyendo un periódico sentada en la cocina mientras hacía el café de
la tarde, con esas cuatro cucharadas de azúcar que a mí me endulzaban la vida.
Ella me miraba, pero en realidad no me veía, siempre se empeñaba en tomarlo
amargo. Como su existencia.

Laura pensaba muchas veces pensaba que los raros eran los demás, solo
para sentirse algo mejor, en realidad sabía que no era así. Éstos seguían
siendo sentimientos de dolor. Creía que tenerlos era un cosa de lo más normal, otra opción le parecía imposible. Aquella cosa que habitaba
en su cabeza le hacía sentir que no merecía la pena esforzarse por tratar de estar bien, por intentar integrarse, por sonreír o por salir, porque si lo intentaba, lo que
estaba haciendo es forzar al vacío, el cual luego le castigaría creciendo
aún más por no haber sido sincera consigo misma ni con los demás. No era la
primera vez que le pasaba.
Por eso cada día le resultaba más difícil relacionarse con los demás, incluso con su
familia. Con los que habíamos sido sus amigos. Conmigo misma. Parece como si el
hecho de contar algo de esta destructiva relación con el vacío fuese a ser el
detonante de la III Guerra Mundial. Estaba aterrorizada, tenía mucho miedo, al
que dirán, al sufrimiento de la gente, a sufrir más de lo que ya sufría, ¿que
pasaría con ella si decía algo?
En el fondo no era muy consciente de que se había
acomodado a esa situación, que se había resignado sin remedio a una vida gris,
llena de piedras invisibles pero consistentes. Se había acostumbrado a ver sus ojeras en el espejo, a la pálida tez que cubría su rostro, a sus enormes ojos grises
que gritaban en silencio pidiendo la libertad. Con el paso del tiempo, sus días acabaron definiéndose con palabras parecidas (aproximadamente) a la inquietud, el
desasosiego, la ansiedad; todo esto combinado a la vez con la apatía, la inapetencia,
la tristeza.
Durante mucho tiempo Laura no supo cómo reaccionar. De modo que
pensó que quizá esto es lo que Vida tenía preparado para ella, así que se
conformaba mientras envidiaba a los chicos de su edad, aquéllos que sí eran
capaces de reír y divertirse, de confiar los unos en los otros. De sonreír
sinceramente. Cada vez que lo pensaba, bajaba la mirada y una lágrima se precipitaba
al vacío (valga la redundancia) desde sus ojos, creyendo que no podría hacer
nada por cambiarlo.
Sin embargo, un día, a pesar de que se sentía muy débil
y confusa, tomó una decisión: trató de rebelarse contra sí misma, creyendo que
así acabaría con su pesadilla, que había ido creciendo tanto con el paso de los
años, que en ese momento era tan grande, que hoy siguen faltando las palabras
para decir que es más grande que grande. ¿Enorme? Más que enorme... Laura, se
propuso intentar cambiar, quería volver al mundo, pero tras tantos años de auto- abandono, no se dio cuenta de que a veces querer no es un sinónimo
de poder. Es cierto que si ella quería, podía (de hecho finalmente pudo) porque no hay nada
más fuerte para conseguir algo que la voluntad, pero a veces la gente utiliza mal el verbo
“querer”, lo dice, pero se refiriere a “desear sentirse y estar bien, tener lo
mejor, pero sin mover un solo dedo para conseguirlo”. Esa es la cultura del
esfuerzo que nos enseñan frecuentemente en la actualidad. Tras llevarse un palo
enorme y seguir no igual, si no peor, Laura se sintió abatida y pensó que a partir
de ahora, lo que le quedase de vida, querría dedicarla a autodestruirse del
todo.
Pero en algunas ocasiones parecía reflejarse en sus
pupilas una luz intermitente con su rostro esperanzado... yo sé que seguía ahí. Si aprendió alguna vez a vivir, lo había olvidado hace
mucho tiempo y ya era hora de que lo hiciera de nuevo. Porque aún no era tarde.
Porque aún estaba a tiempo. Así que a pesar de sentirse muy inútil y tonta dedició continuar. Se dio cuenta de que, aunque ella creía que había luchado con todas sus fuerzas, en realidad ese esfuerzo no había sido suficiente. Había que intentarlo con mucho más ahínco.
Empezó a desconfiar de sí misma (sí, el prefijo des- está
bien puesto, lo pongo porque no tenía muy claro, cuando le hablaba el vacío, o
cuando estaba razonando ella misma) empezó a dejar de escuchar los pensamientos
enfermizos de su cabeza y a fiarse plenamente de lo que la gente que le rodeaba
y de la que tanto había huido, le decía con toda su buena intención. Poco a
poco empezó a estar en más ocasiones dentro de sí misma, hasta que llegó un
momento, en que volvió del todo y dentro de Laura solo estaba ella. A mí, su
evolución me recuerda al renacer de un ave Fénix. Cuando se lo dije, se fue
corriendo, conmigo a rastras, a la tienda de tattoos que había al final de la
calle de mi casa. Le queda precioso tatuado en su tobillo.
A día de hoy, Laura sigue teniendo miedo a volver a sentir lo mismo, pero yo siempre
le digo que siempre y cuando trate de ‘autoestimarse’, esté donde quiera que
esté, porque yo sé que está, y sigue siendo ella, en estado puro, no tendrá de qué preocuparse. Pero si no se
quiere ni se respeta, jamás podrá querer y respetar a los demás y entonces sí
que podrá volver a sentirse vacía, a tener ese pensamiento constante, de
"nada vale nada, ni mi vida, ni mi futuro, ni mi familia, ni nada, porque
por dentro estoy hueca, y tengo un corazón de paja que no late como todos los
demás"
- Si no tienes esto en
cuenta, Laura -le digo- entonces la nada y el vacío volverán.